jueves, 3 de abril de 2025

Diario del joven y el solitario. De fiesta y despedida (24)

 

DIARIO DEL JOVEN Y EL SOLITARIO (24)

DE FIESTA Y DESPEDIDA

Abril de 2025.

Para Angela Casiano.


El trabajo, inclusive en domingo, me impidió llegar antes, así que solo puede incorporarme en mitad de la fiesta de despedida del solitario. Marcha a Madrid para las pruebas médicas y una larga temporada donde piensa recorrer los pueblos y ciudades de su vida, “remontando el río”, me dijo, recitando el verso de Machado sobre el Guadalquivir: “Te vi en Cazorla nacer, te vi en Sanlúcar morir”. Aunque yo tengo la esperanza, el deseo, de que en el caso del solitario la muerte sea una mera metáfora, como cuando quemas todo lo pasado, todo lo caduco, en la noche de San Juan, y luego todo vuelve a renacer.

Me recibe Elizabeth, amiga o novia, confidente, o lo que sea, a la que él llama espejo de su alma. Al solitario no le veo de entrada, está perdido por algún rincón de la vieja casona, dice ella, amable. Me sonríe, me deslumbra con el sombrero y el tenue velo que le cubre los ojos y un ajustado traje negro de encaje. Del fondo surgen voces ruidosas y dislocadas, avanzo de su mano casi perdido, la casa es un enredo, de figuras que se asoman y se desvanecen, pero pronto llega un invitado al pasillo que ciñe a la mujer por la cintura hasta que ella se desase, coqueta.



-Es Cástor, ya ves, ochenta años no cumple pero todavía un don juan.

-Es que somos los que más amamos a las damas, madame- le hace una reverencia.

Cástor tiene en la otra mano un vaso de ginebra, que levanta hacia mí en señal de saludo. Pronto se unen  varios amigos más, muchos de parecida edad, el bullicio crece, pregunto por el solitario, y entre todos me llevan casi a empellones pasillo adelante hasta llegar al salón,  que es donde suena una música más armoniosa en unos potentes bafles y veo al fin al dueño de la casa, también muy elegante, que tamborilea en los brazos de un sofá con orejeras llevando el ritmo del compás. Reconozco la canción. Es una cumbia, Selena Quintanilla quien canta. “Como la flor, con tanto amor…”

-Una diosa era, joven- dice el solitario-. Una diosa chicana y universal. La verdad está en las mezclas, en el mestizaje de las razas, las culturas, los sexos… Siempre deberíamos vivir y cantar como Selena, como si no hubiera un mañana.

-Ya se. Le dispararon poco después por la espalda, una fan fanática. Como a Lennon.

-Todos los fan son fan-áticos, aunque afortunadamente no todos matan, no quieren a sus idolos hasta ese extremo.  Pero siéntese a mi lado, joven. Elizabeth, por favor,  trae algo para la sed del chico. Algo fuerte. Hoy es un dia especial.

La fiesta se desborda por todos los rincones de esa caja terrera y familiar de Santa Brígida que yo apenas había visitado hasta ahora. Gente que entra y sale, gente que no conozco, variopinta, unos van vestidos de chaqueta y corbata y parecen venidos de un club inglés, otros arrastran túnicas beduinas, o llevan blusas de colores y cinturones de esparto. Hay una mujer rubia y frágil casi desmayada en un rincón y otra mulata y oronda que en cambio da vueltas como una peonza al ritmo de la cumbia. Pero al final el solitario se levanta, apoyado en el bastón con empuñadura de plata, y como si notara mi aturdimiento me toma del brazo, o más bien pide que yo le tome a él, y nos alejamos hacia otro cuarto silencioso, tranquilo,  la biblioteca. Allí descubro encima de una mesita hexagonal un bello juego de ajedrez con las piezas perfectamente alineadas, pero los caballos están vueltos del revés. Una travesura, supongo.

               -¿Una partidita, amigo?- dice el solitario.

               -Se jugar muy poco. No debería usted abusar así de un invitado.

               -Bueno, en realidad no tenía intención de retarle. A usted no. Pronto se irán algunos,  ya han comido y bebido bastante, y se quedarán solo los más amigos. Y vamos a hacer unos juegos aquí, puede usted mirar o unirse, si quiere.



               -Como mucho mirar y admirar. Y hablando de eso, Elizabeth está muy guapa.

               -Gracias, en su nombre. La belleza de una mujer siempre es admirable. Pero no vaya por ese camino, no se imagine que hemos formalizado nada. Además, ahora me voy a Madrid, ya lo sabe, y ella no puede venirse. Será largo, como mínimo. Y quiero que ella me recuerde solo desde la amistad, alegre y fuerte.

               -Usted va a volver, solitario- le reconvengo.

               El solitario se encoge de hombros, silba, y recita otra vez el verso de Machado.

-Te vi en Cazorla nacer, te vi en Sanlúcar morir. Cuanta musicalidad hay en esos versos. Hace muchos años hicimos una excursión por la sierra, vimos el origen de ese río Grande, como lo llamaron los árabes, fueron días de vino y rosas. Así que si la salud me lo permite, he pensado volver a esa sierra, llamaré a los amigos que quedan de aquel grupo, los que quedan y que siguen siendo amigos, claro. En especial a Rosa.

-¿Quién es Rosa?

-Una muchacha que hacía honor a la flor. No hace falta que sepa usted más. Le diré solo que caminaba haciendo eses de amor, como dice una canción. En todo caso pertenece al pasado. En realidad no le he traído aquí para hablar de eso, ni por el ajedrez, ni por el agobio que le noté, ni siquiera por la biblioteca, aunque ya le veo desviando la mirada hacia los anaqueles. Yo haría lo mismo. Todo libro es un  arcano por descubrir. Pero lo que quería es presentarle a alguien. Ya nos observa. Basta que mire usted más arriba de los libros, al final del mueble.

Levanto la mirada, y veo allí a un gato negro con una gran mancha blanca sobre la cara, que me mira fijamente.

-Es Misi- dice el solitario.



Misi maúlla delicadamente, y se lame una pata perezoso. El solitario aprovecha para cogerme del hombro.

-No se si volveré por aquí, ni me importa demasiado, la verdad, si no fuera por Elizabeth, por Misi, algunas puestas de sol, y ciertos ratos gratos en los bares. Pero ya sabe usted mis creencias cuánticas. Cosas que aparecen y desaparecen, que se van por agujeros negros hacia otra dimensión, y quizá retornen por nuestra espalda, por otra puerta del laberinto. Bajo otras formas, acaso. La vida sigue. A lo mejor me ve usted de pronto en la mirada de un chamarilero, de un inmigrante negro, de un músico callejero, o de un marqués incluso, quien sabe. Pero es más probable que quede mucho más de mí en Misi porque lleva doce años de sueños, olores, caricias y sensaciones compartidas. Ahora no puedo llevarle conmigo, se hará cargo Elizabath, pero los dos se van a quedar solos. Mi petición es que usted la llame, que tome algún café con ella, que cuide también del gato.

               -Se lo prometo- digo disimulando la congoja. Se hace un silencio, y el silencio se espesa demasiado, tanto que tengo ganas de volver al bullicio, y cuando miro otra vez hacia el techo me doy cuenta de que el minino se ha esfumado misteriosamente. El solitario me hace un guiño.

               -Ya ve. Una experiencia cuántica. Quizá seamos nosotros los que no estemos aquí ahora, y él permanece. Todo en la vida es un juego de espejos y de trampas. No se chive, pero cuando estoy jugando las partidas a veces Misi me sopla las jugadas.

                Río. Pero el solitario permanece serio. Es difícil saber cuándo pasa del humor a la lógica, o regresa de ella.

    De vuelta al salón Cástor está requebrando ahora a la rubia, que hace juegos de manos en el aire como una hurí y le ignora. Y es que la música ha cambiado, ahora son aires del desierto, flautas dulces, laúdes bereberes. Han rociado sándalo, y uno pide que pongan Pink Floyd.  Le complacen. Suena el teclado etéreo de Wright, en diálogo fértil con la guitarra de Gilmour. Alguien recuerda el disco de Pompeya. Y el solitario entra en la conversación, cuenta que el teclista usa escalas indias, que crean esas texturas de embrujo y desazón. Afirmo con la cabeza, porque en su día escuché mucho esos discos también,  pero pronto aprovecho para pasar de lo divino a lo humano, beber el vino recio que me trajo Elizabeth y picar exquisiteces de las bandejas que están en una mesa en la esquina del salón, bajo un gran espejo ovalado, ya casi sin azogue, que Elizabeth me dice que perteneció al abuelo del solitario, y que se niega a retirar. El solitario nos ve y se nos une. Luego me entrega una carpeta.

            -Contiene tonterías, pensamientos sueltos, y algunos pequeños relatos. Quisiera su opinión.

               -Se la daré cuando regrese.

               -No. Por teléfono. Le llamaré.

               -Debe hacerlo. Quiero saber el resultado de las pruebas. Si no no pienso cuidar de Misi- sonrío.

               Pasa el tiempo y compruebo que en efecto muchos de los contertulios se van marchando, emplazándose a reencuentros. Apenas han quedado cuatro o cinco amigos en el salón, que se ríen con el solitario, cuentan anécdotas, recuerdos, algún chiste gastado. Pasan a la biblioteca, y entonces, mientras Elizabeth y yo miramos, se desatan batallas feroces de ajedrez, dan golpes con las piezas en el tablero, se cruzan dicterios, se envenenan. Pronto me doy cuenta de que todo es teatro, que se ríen. Pero entonces pienso que también yo sobro,  recuerdo que tengo muchas sentencias pendientes, que mañana es lunes, y que el solitario querrá despedirse de sus íntimos, y quedarse luego con Elizabeth para su última noche antes de volar. Quizá incluso descorche esa botella de vino selecto que traje para ellos junto a una caja de dulces. El solitario sin embargo se niega, porfía, hasta que insisto con firmeza en irme. Me lleva entonces a la salida con pasos lentos,  me da un gran abrazo, y me descoloca recomendándome que algún día me presente a presidente de los jueces.

          -¡Presidente! Usted nunca quiso cargos, solitario. Y yo tampoco.

               -Pero mi padre y mi abuelo fueron buenos presidentes. Y a veces el que vale no quiere, y el que quiere no vale. No es mi caso. Yo no quise ni valía. Siempre fui una cabra loca. No soy ejemplo de nada ni de nadie.

               -De mí sí lo es, solitario- digo, y noto que se me aprieta la garganta. El solitario abre la puerta y me da un cachete cariñoso. Veo entonces que el gato está encaramado en el perchero de al lado, y que me mira fijamente con sus grandes ojos fosforescentes. Me hubiera gustado preguntarle al gato, no las jugadas de las partidas del solitario, sino el futuro. Y para mi sorpresa, el solitario me lee.

               -No le pregunte eso.

               -¿Por qué?

               El solitario dibuja una sonrisa.

             -Porque no hace falta. El  mañana está ya dentro de nosotros. Ya conocemos todas las respuestas. Solo tenemos que entenderlas.

             En la calle es noche cerrada. He aparcado en un descampado, a unos minutos de allí. Enciendo el motor. Miro a la casa, que está ya lejos, a los balcones luminosos, y me parece entrever que detrás de los visillos alguien me observa. Pero quizá es solo una ilusión.

               Un mes después el solitario cumple, y suena el teléfono. Por abrir conversación le digo que me han encantado sus textos. Los comentamos. Luego hablamos de jueces, del tiempo, de política, de mujeres, de músicos.  No me atrevo a preguntarle por las pruebas, y dilato y dilato… Pero cuando ya va a colgar, como si aquello no tuviera importancia, me dice que según los médicos aún le queda cuerda. Resoplo. Y entonces, con un último gesto de orgullo, se rehace.

               -Bueno, no se haga cábalas , joven, ya sabe que no hay que fiarse mucho de los médicos. Según ellos, como decía al final de sus días Tal, el gran ajedrecista, “aún estoy casi vivo”.

              

domingo, 20 de octubre de 2024

Libro sobre Angel Fernández campeón de España de ajedrez. Vida y partidas.

 Libro sobre Angel Fernández campeón de España de ajedrez. Vida y partidas. 2024




Enlace a amazon; 

    En menos de un año he tenido la suerte de editar dos libros, primero la novela "El faro del fin" (diciembre 2023), y ahora la biografía sobre el ajedrecista Angel Fernández (septiembre 2024), ambas disponibles en Amazon.

    La biografía sobre Angel Fernández (1942-1999) era un proyecto acariciado hace años, pues me parecía una figura singular con una trayectoria vital apasionante, incluidos sus años de bohemia, y que abarcó la vida social de Las Palmas desde los años 50 a los 90, con toda la evolución que ello conllevó, y en el plano ajedrecístico, el despegue de nuestro ajedrez a raíz precisamente de su título de campeón de España en 1967 y la creación del emblemático club Caja de Ahorros en ese mismo año. Fue el inicio de la llamada edad de oro del ajedrez grancanario con el "boom" escolar, los grandes torneos internacionales, etc.

    El libro, en doble formato, de bolsillo y edición de lujo en color con portada del hijo de Angel Fernández, lo presenté en el propio club Caja con las introducciones de Andrés Armas Suárez, cronista de nuestro ajedrez desde precisamente ese año de 1967, y del ex campeón de España de ajedrez también, José García Padrón.

    Acompaño el texto elaborado por Andrés Armas para la prensa local y algunas fotografías del acto el 11 de octubre de 2024.

    Andrés Armas Suárez:

    ANGEL FERNÁNDEZ, PRIMER CAMPEÓN DE ESPAÑA
DE AJEDREZ QUE HA DADO CANARIAS
Escribe: Menroco.

El Juez Magistrado de la Audiencia Provincial de Las Palmas, Ricardo Moyano, presenta su libro sobre el recordado ajedrecista fallecido hace 25 años con el el título “Ángel Fernández campeón de España de Ajedrez, La lucha de un corazón rebelde”.

El Club de Ajedrez Fundación La Caja de Canarias, fue escenario el pasado viernes, de la presentación del libro escrito por el Juez Magistrado de la Audiencia Provincial de Las Palmas, Ricardo Moyano García, que estuvo acompañado por el presidente del mencionado Club, Juan José Sosa Suárez y por Andrés Armas Suárez y José García Padrón amigos personales de Ángel que vivieron con él el periodo más brillante protagonizado por el juego ciencia en nuestra tierra, y cuyo legado deben hacer suyo las actuales y futuras generaciones.

Todos coincidieron en señalar el título de Ángel Fernández logrado en Palma de Mallorca en 1967, como detonante o rampa de lanzamiento que posibilitó pasar de un ajedrez practicado por un reducido número de abnegados aficionados en parques y bares, a llenar de tableros todos los centros escolares de la isla, porque, en efecto, la gesta de Ángel hizo que los dirigentes federativos de entonces, Juan Marrero Portugués, director general de la Caja y Presidente de la Federación, y Pierre Dumesnil, vicepresidente y acreditado empresario y ajedrecista ejemplar abrieran el primer Club de Ajedrez que la Caja Insular ofreciera a la sociedad canaria, dentro de un estructurado y sólido proyecto de futuro, en el que fue pieza fundamental la extraordinaria labor desarrollada por el secretario de Club, Juan Rafael Betancort.

Ángel fue campeón de España individual con 25 años y formó parte de varios títulos de España por Equipos a nivel federativo y de los que organizó la Confederación de Cajas de Ahorros.
   
Ni que decir tiene que todos los que le trataron dentro y fuera del tablero coinciden en destacar su carácter afable y educado. Le apasionaba la música, con bastantes años de estudio de piano, y era sin duda el jugador más apreciado a nivel popular, siendo famosas sus partidas en el llamado ajedrez informal con adversarios de nivel modesto, a los que ayudaba y enseñaba sobre todo en los finales de alfiles y caballos en los que Ángel era un consumado maestro.

José García Padrón contó muchas anécdotas de su entrañable amigo. ¡Cómo le apasionaba el mar!, matizaba Pepe García, que añadía lo feliz que se sentía en las playas vírgenes de Fuerteventura a las que acudía cada año en sus vacaciones.   

Ricardo recuerda que Ángel siempre llevó con orgullo su condición de asturiano, “Me siento asturiano, solía comentar, pero también canario y de manera absoluta canario en lo ajedrecístico”.

Estudió magisterio e impartió clases en la Aldea de San Nicolás y barrio de San Cristóbal antes de entrar como empleado de la Caja Insular. Definía al ajedrez como arte, juego y elemento de sana diversión y socialización y como un instrumento cultural formativo de incalculable valor para la juventud.  

Pedro Lezcano no supo cómo conoció a Angelito. Puedo decir, añadía, y aunque parezca una paradoja, que jugué al ajedrez con él antes de conocerle. Sea como fuere, mi amistad con Ángel fue estrecha y casi paternal dadas nuestras edades. Mi amistad, concluía, se basaba fundamentalmente en mi profunda admiración que le profesaba.  

Andrés Armas habló con afecto y muy emocionado de su amigo Ángel Fernández, con el que compartió más de treinta años de su vida. Vivíamos en el mismo edificio y compartíamos trabajo en la Central Administrativa de la Caja, y presencia en el Club todas las tardes y ni se sabe cuántos disfrutes y alguna amargura en infinidad de campeonatos por tierras peninsulares.

Ricardo está convencido de que a pesar de las idas y venidas que Ángel protagonizó a lo largo de su brillante recorrido y de su temprana muerte, que fue él quien plantó la semilla que culminó con la Edad de Oro del Ajedrez Canario, periodo jamás igualado pero que ojalá superen otros, porque Ángel Fernández nunca será olvidado. No debiera serlo.

Y finalizó con el final que le dedico en el Prólogo que a instancias de Ricardo Moyano he escrito en su libro: “ Todos los días a las 7 en punto, estaba aguardándome con el motor en  marcha en el garaje del edificio. Nos saludábamos con un ¡buenos días !  y sin decir palabra iniciaba la marcha poniendo simultáneamente en su cassette…  ¡la primavera de Vivaldi!...             


    Agradezco finalmente el apoyo de la familia de Angel (su viuda Inma Almenara, su hermano Víctor y su hijo Ricardo) así como de Silvia Rodríguez en el acto de presentación y cartelería, y de José Emilio Cutillas Schamann también en el reportaje gráfico. También la del presidente del club Caja Juan José Sosa, por la invitación a presentar el libro en la sede del club. Y por supuesto, la ayuda de mi habitual maquetador y amigo Juan Carlos Sanz Menéndez.

Contacto con el autor para venta directa: nemogcster@gmail.com También a la venta en la librería de Juan Ramón Jerez.

Video elaborado por Silvia Rodríguez Suárez.



Con José Emilio Cutillas




José García Padrón, el autor, Andrés Armas Suárez, Juan José Sosa.




domingo, 1 de septiembre de 2024

Novela El Faro del fin 2024

 El faro del fin Novela. 2024

Ricardo Moyano García. agosto 2024
Contacto: nemogcster@gmail.com




    

El libro puede adquirirse en Amazon en formato de libro físico o ebook en el enlace que figura más abajo..


Enlace de compra:

Compra online en Amazon tapa blanda o ebook

    Sin duda mi tercera novela, El faro del fin, publicada en diciembre de 2024 (la segunda Melilla pólvora y sueño fue editada en 2019, y la primera En escena segundo premio Ciudad de Alcorcón 1989 aun inédita) ha sido la más celebrada hasta ahora.

    Autoeditada en Amazon, con la maquetación y diseño de portada de Juan Carlos Sanz -siempre agradecido-, mezcla una trama de novela negra con otra existencial, alrededor de un joven juez destinado en la isla de El Hierro, a fines de los años 80, sitio y época donde se desarrolla toda la trama a lo largo de varios meses.

    La novela se ha vendido bien, ha sido apoyada también por el Ayuntamiento de Valverde de El Hierro y por el Cabildo Insular de la isla incluyendo una presentación en el propio Ayuntamiento de Valverde en junio de 2024, además de otras con mucho éxito en la Biblioteca Pública de Las Palmas, en abril de 2024, también en Moya en el Centro de Arte e Interpretación, , y en la Casa Regional de El Hierro en Las Palmas. En todos los lugares se logró el lleno de la sala.


    Debo destacar en tales acontecimientos el entusiasmo de mis amigos José Emilio Cutillas, presentador en casi todos los actos, junto a Cristina Esperanza Santiago y Pedro Viñuela, a los cuales se puede ver en las fotografías del final de este texto. Igualmente la labor del ex alumno mío, José Macías, que leyó un texto sobre la isla de El Hierro.

En la presentación en la isla en concreto he de mencionar la presentación realizada por Florencio Barrera, juez en Las Palmas y natural de la isla, y sobre todo gran amigo desde siempre, así como las intervenciones de Freya Fernández que glosó el origen y construcción del Faro de Orchilla, y las salutaciones de  la presidenta de la Casa, Doña Concepción Padrón, y del Consejero de cultura del Cabildo de El Hierro, D. Emilio Hernández.

    Pero también he de significar en el global de las presentaciones a a mi amiga Silvia Rodríguez Suárez, abogada y autora de muchos carteles de presentación de la obra.



    Asímismo la colaboración de otra gran amiga, María Castro Domínguez, poeta, que cedió para la novela su bello poema The Sabina, escrito originalmente en inglés.

El autor con María Castro Domínguez



    He recibido muchos comentarios positivos, de los que voy a destacar solamente algunos:

1. Manuel Marchena, Magistrado del Tribunal Supremo: "Querido Ricardo: hace un par de semanas terminé tu novela. He disfrutado mucho la lectura. He podido detectar fragmentos autobiográficos muy marcados con Tomás, ese joven juez tímido, "con gafas y aire despistado", muy aficionado al ajedrez, que desembarca en una isla desconocida para él y al que espera el agente judicial en el muelle, sin alfombra roja, pero con el respeto histórico al juez del lugar. 


La existencia de un sumario -sólo uno- es algo que conozco de propia mano. Me lo habías comentado en nuestros tiempos mozos, cuando te pregunté "si había mucho trabajo" en el juzgado de El Hierro.  

Me ha parecido detectar un fragmento en el que, estoy seguro, se mezclan la imaginación y la confesión personal: "veía que no terminaba de encontrar mi sitio, ni una pandilla de amigos, ni una posición como el juez de la isla. Era solo un jovenzuelo taciturno e inseguro, que se aburría sin aprovechar las posibilidades de la isla, que se arrepentía de acostarse con su vecina y suspiraba en cambio por una inglesa casada que estaba fuera de su alcance".

La obra permite un recorrido por la isla y una certera descripción de los personajes que nunca faltan en una comunidad reducida (rabo blanco-rabo negro). Por cierto, vaya personaje tu predecesor, D. Federico, y el juez jubilado -D. Juan Capilla- que ahora mantiene su influencia organizando fiestorros donde acude "lo mejorcito" de la isla, con el que al final entablas una buena relación hasta el momento de su muerte. 

Me ha gustado mucho el personaje de la LAJ, Isabel, que te hace superar las incomodidades de Groenlandia, ese piso sin muebles en el que te has instalado y que abandonas al poco tiempo para estar más cerca de la costa, una mujer con la que te habría gustado entablar algo que fuera más lejos de una relación profesional. 

También el de Liza, la poetisa a la que ofreciste dos veces tablas en vuestras primeras partidas y con la que sustituyes la partida de desempate por un fugaz -y final- encuentro amoroso. Recuerdo el hotelito en el que describes el encuentro. Me impresionó el lugar y el emplazamiento en mi único viaje de fin de semana al Hierro. 

Reflejas muy bien el ritmo habitual de un juzgado con ese índice de litigiosidad. La inspección ocular que realizas en el cuartel militar como consecuencia de un hurto es muy significativa. 

Tu papel mediador entre el sargento Morcillo y su atractiva esposa, Julia, sometida a la la permanente sospecha de infidelidad, reflejan que el juez de El Hierro es algo más que un frío aplicante de la ley. 

El asesinato del ginecólogo, Manuel, cambia el ritmo de la novela y sitúa al lector en el núcleo de la historia. Los interrogatorios de los inicialmente sospechosos están muy bien descritos. La altanería de Domingo -el abogado de narcotraficantes- y la ironía de Tomás para hacerle bajar los humos me han gustado mucho.  

Las sospechas sobre Benito, el farmacéutico, se debilitan a ojos de Tomás, hasta el punto de provocar el enfado del fiscal, el inefable Hipólito. El sentido de la independencia del juez le lleva a rechazar su prisión incondicional, con la incomodidad que le confiesa el presidente de la Audiencia. 

Las referencias a Martin Heidegger, -"ser y tiempo"- o la confesada falta de fe religiosa de Tomás -pese a ello, el auto de libertad lo firma después de una meditación a solas en la iglesia en la que no cree-, añaden elementos que enriquecen una historia de asesinatos.   

...

En fin, querido Ricardo, son muchos otros los aspectos que me habría gustado subrayar. Sólo quiero felicitarte por tu novela y darte las gracias por haberme permitido pasar unos buenos momentos de lectura."

2. Leo Rodrigo, escritora y abogada asturiana: "Buenas noches, Ricardo: Este fin de semana terminé tu novela y me ha gustado mucho. Todos los personajes son creíbles, pero tengo debilidad por Tomás, tu protagonista. Escribir en primera persona tiene la ventaja (si se hace bien) de acercarte más al personaje y en este caso, lo has conseguido.  Llegas a la isla con Tomás y percibes todas sus sensaciones y sus experiencias, sus «esperanzas» amorosas, su desarraigo en algunos momentos... Es muy bonita la historia con Liza y, como ocurre en la vida, agridulce. Otro personaje que me gustó fue el de Ruth, muy simpática. 

Por otra parte, la novela está bien escrita, es amena y no se hace pesada en ningún momento. No es que crea a pies juntillas que el escritor está para entretener sin más, pero, tú ya me entiendes, hay mucho tostón por ahí. 🙂
La frase final, «creo que el farero no llegó a oírme», me encantó, no te se explicar el porqué. Ojalá continúes la historia de Tomás en Lanzarote, creo que el personaje lo merece y su madre también debería tener más protagonismo (como su Watson o su Holmes). "
Miriam Martinez: Me ha encantado la trama, las historias paralelas, el humor, las descripciones de la isla, la recomiendo.

3. Angela Casiano, abogada: La novela es excelente y merecen mi especial atención dos personajes, Liza (lady) por ser tan delicada y elegante, y Juan Capilla, con prestancia y muchísima sabiduría.

4. José Emilio Cutillas, abogado: Opino igual, destaco a esos dos y añado a Emilio, muy real y que imprime dinamismo a la novela y su protagonista.



5. Mariano García Díez, ajedrecista: "El faro del fin es la segunda novela del Magistrado de la Audiencia Provincial de Las Palmas y Profesor de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria Ricardo Moyano (1957).

Un joven juez, Matías (sic por Tomás), es destinado al punto más occidental de España: la isla de El Hierro. Pequeños delitos, problemas registrales de tierras, las tensiones que el progreso, tan presentes siempre, generan entre los defensores de la naturaleza y los partidarios del desarrollismo a cualquier precio, son el panorama al que debe enfrentarse. Todo se complica con un asesinato.

La bisoñez del juez, el cerrado ambiente de una isla pequeña y poco habitada y los intereses de personas muy poderosas entorpecen las investigaciones. Probablemente, la experiencia profesional del autor contribuya a dar verosimilitud al desarrollo de los acontecimientos. Matías tiene vida. Tiene amigos, bebe, intenta seducir a las mujeres que se le ponen a tiro, juega al ajedrez, se aburre. Nada que ver con el detective obsesionado de muchas novelas, que trabaja sin descanso, no duerme, no respeta los tiempos policiales, allana, si tiene que recurrir a ello, tanto domicilios privados como instancias públicas, reparte mamporros a diestro y siniestro y tiene una vida familiar y social inexistente.

Uno tiende a pensar que la realidad se parece más a lo que se cuenta aquí: un trabajo policial metódico, riguroso, de lento madurar. A veces sujeto a un hallazgo casual o al simple azar. Y, por supuesto, la voluntad de ser hacer prevalecer la verdad.

(,,,)

Como se deduce de la portada de Juan Carlos Sanz Menéndez, y ya hemos apuntado antes, el ajedrez tiene una presencia significativa en la novela. No es de extrañar ya que Ricardo Moyano es un ajedrecista de cierto nivel, que llegó a participar en el Campeonato de España de 1973 y es Maestro Nacional de Ajedrez por Correspondencia. Además, es autor de El juego de nuestras vidas, una historia del ajedrez grancanario en cuatro volúmenes.

El juez protagonista de la novela es aficionado al ajedrez. Varias son las ideas en torno al ajedrez que recorren la novela. La primera, la capacidad del ajedrez para crear vínculos. Algo muy importante en la claustrofóbica sociedad de un isla pequeña. Quien juega al ajedrez busca rivales. Y unos rivales llevan a otros. Así pasa en la novela, nuestro protagonista ve un día en un bar a un par de hombres jugando al ajedrez (son un médico de familia y un cabo de la guardia civil) en un bar, se acerca, le invitan a jugar una partida, se hacen amigos. Luego uno de ellos le irá presentando a otros jugadores de la isla. Se ha establecido una relación entre ellos.

Por otra parte, es bien sabido que el ajedrez crea su propia jerarquía. Dentro de un club se olvidan las clases sociales; las diferencias de edad o condición se minimizan o anulan completamente. Los ajedrecistas solo reconocen una ley: la ley del juego. La larga tradición de relacionar la inteligencia con la capacidad de jugar al ajedrez, por más que Unamuno advirtiera que ser bueno en el ajedrez solo prueba que se es bueno en el ajedrez, dota de cierta aura de superioridad a quien la posee. Nuestro juez pronto demuestra que es mejor jugador que todos los demás (con una única excepción) lo que suma a su dignidad oficial el prestigio de su competencia ajedrecística.

La excepción de la que hablábamos es la dueña de un hotel, Elizabeth. No será necesario insistir en que el ajedrez es una forma de simbolizar la tensión sexual entre personajes, los lectores del blog lo saben de sobra. Elizabeth es un personaje enigmático, mujer de gran belleza e inteligencia. Rápidamente se establece una corriente de mutuo deseo entre los personajes. Su condición de ajedrecistas los lleva a retarse en el tablero. Las dos primeras partidas que juegan terminan en tablas. Posteriormente juegan otras dos y cada uno logra una victoria. La tensión se mantiene en todo lo alto.

En una entrevista, el autor declaró que una de las enseñanzas que el juego del ajedrez  le había proporcionado es que «después de una derrota, la vida sigue». Algunos aspectos de la novela parecen ejemplificar ese aforismo."

Veamos slgunos de los carteles elaborados por Silvia Rodríguez utilizando frases de la novela, así como un cartel y una fotografía de José Emilio Cutillas en la terraza de su domicilio con la maqueta del faro que utilizamos en la presentación (los no titulados son carteles de Silvia Rodríguez).:


Cartel elaborado por José Emilio Cutillas








Fotografía de José Emilio Cutillas

























Igualmente la obra mereció atención en radio y prensa escrita.

 Por ejemplo:

La Provincia presentación de la novela

También una entrevista interesante en el mismo periódico.


Y adjunto dos videos, el primero de José Emilio Cutillas de la presentación en la isla de El Hierro, donde debo agradecer la gran ayuda de la concejal de Cultura del Ayuntamiento, Doña Yaiza Castañeda:



Y el segundo  en youtube de la presentación en la Biblioteca Pública del Estado. Agradezco la grabación a Benjamín Muñoz:





Aunque existen muchas fotos de las presentaciones, me limito a añadir algunas a guisa de ejemplo.

Reportaje fotográfico: 

Presentación en la Biblioeca con la intervención de Cristina Santiago, José Emilio Cutillas y Pedro Viñuela.


En la casa regional de El Hierro en Las Palmas

Casa Regional de El Hierro, con José Emilio Cutillas y el juez Florencio Barrera, natural de la isla y gran amigo.



Presentación en El Hierro con José Emilio Cutillas y el alcalde de Valverde de El Hierro y el consejero de cultura del Cabildo de la isla.

En el Ayuntamiento de Valverde de El Hierro con el presentador José Emilio Cutillas


En el salón de plenos de Ayuitamiento de Valverde con la concejar de cultura Yaiza Castañeda y el magistrado Florencio Barrera.





Presentación en Moya a cargo de la letrada Cristina Santiago


    Por último, transcribo el primer capítulo de la novela:

"Volví a casa de madrugada, cansado tras haber pa-sado la noche de farra en la fiesta de carnaval de los Car-neros y regresar por la abrupta ruta de las montañas: toda una hora de sinuosa carretera entre la oscuridad y la bru-ma. Dejé a «almirante» Nelson y Emilio en la Villa, como llamaban a Valverde; estaban tan reventados o más que yo, y hacía tiempo que roncaban en el coche. Cuando lle-gué hasta el mar de Tamaduste eran ya más de las dos. Al abrir la puerta de casa Fany me saludó soñolienta, y se volvió enseguida a la rosca a los pies de mi cama. No tuve fuerzas ni para quitarme la ropa; me quedé directamente dormido sobre el catre, junto a ella, con una manta de lana encima de los dos. No parecía importar mucho. Era vier-nes, y aunque el sábado gestionaba también algunas cosas atrasadas o urgentes del juzgado, planeaba un día perezo-so, con la intención de llegar al trabajo a última hora. Pero apenas había conciliado el sueño cuando sonaron tres tim-brazos en el zaguán, y luego otro ya en mi puerta. Eran el brigada de la guardia civil y el veterano Agúndez. Otros dos guardias esperaban en el descansillo de la escalera. Gestos serios.
-Buenas noches, señoría- dijo el suboficial llevándo-se la mano a la gorra.
Un eufemismo. La benemérita, cuatro guardias, y a aquellas horas, poco podían tener de bueno.
-Hola, Suárez. ¿Qué ocurre?
-Hay un muerto. 
Todo había comenzado un mes atrás, tras las navi-dades, en el ascenso a juez de instrucción. «Tomás Már-quez García, Valverde del Hierro», leí en la prosa lapidaria del boletín del estado. Debía abandonar mi apreciado y populoso juzgado de Telde, pero estaba muy estresado y no me disgustó. Hierro, isla rural, pequeña, de poco más de seis mil habitantes, era apenas una mosca en el mapa, el olvidado extremo sur y occidente de Canarias, de España y de Europa, el punto fatal del fin del mundo según Pto-lomeo: más allá se abría el proceloso mar de las tinieblas y el viajero caía a los infiernos. Luego Colón descubrió que en realidad en las tinieblas estaba América, y Hierro era só-lo lo último -o lo primero- que se encontraba en la ruta. Pe-ro eso no cambiaba mucho la humilde realidad de la isla.
Mi viaje para posesionarme del juzgado fue, eso sí, menos intrépido que el colombino. Llegué en el correíllo que cubría lentamente durante más de un día la travesía entre las islas, atravesando desde Gran Canaria sucesiva-mente Tenerife y Gomera. Aunque me habían dicho que había un pequeño aeropuerto en El Hierro, yo había prefe-rido la ruta marítima para poder embarcar el coche y lle-narlo con todas mis pertenencias: la máquina de escribir, un centón de libros, entre jurídicos y literarios, el televisor de rigor, y algo de ropa. Pronto me arrepentí de la decisión. A la noche se desató la tormenta, y las olas barrían la cu-bierta como si quisieran tragarse el barco, que respondía con crujidos y balanceándose a proa y popa. Me refugié en el salón interior primero y en el camarote después. Pese a la biodramina todo me daba vueltas y me tumbé en la litera. Estaba amarillo «como de ictericia», como hubiera dicho mamá, que padecía de mal de mar en los largos viajes a la península y desembarcada siempre «pálida como un zom-bi».
Horas después clareó el día, y como si la luz se lle-vara por magia la pesadilla, el agua se calmó y el ferry pu-do deslizarse en línea recta con un suave rumor. Al poco sentí ajetreo y voces. Subí a cubierta, y vi que la isla de Hierro se acercaba deprisa, una mole de roca irregular y negruzca, cortada como a hachazos en caprichosos acanti-lados. Pronto el Santa Cruz de la Palma se adentró en el in-terior de una pequeña bahía, trepidó el buque y los obreros portuarios amarraron las maromas a los noráis. Era el úni-co barco en el muelle, y no parecía que en aquel angosto puerto de La Estaca cupieran más. Tampoco en tierra ha-bía mucha gente, y en la cubierta solo estábamos un señor mayor y yo. Los dos mirábamos al muelle, mientras aguar-dábamos que pusieran la escalera. El hombre se apoyaba en un bastón, vestía chaleco gris, y llevaba cachorro, el tí-pico sombrero campesino canario. Enseguida empezó a dar voces y agitar la mano.
-Mire, allí está ya mi hijo. No le ha importado ma-drugar. ¿Y a usted, don, le aguarda alguien? ¿Le alcanza-mos?
-No se preocupe. Traigo coche, y además, se supone que me esperan. ¿Y los demás pasajeros? No veo a nadie.
-Desembarcan por la rampa. No es usted de aquí, ¿verdad?- preguntó-. Se nota en su acento.
-Soy de Las Palmas. No conozco la isla.
-¿Viene por negocios?
-Bueno, podría llamarse así- dije, sin ganas de iden-tificarme como juez.
-Hoy hemos tenido suerte. Para entrar aquí no basta con la pericia, hace falta que el mar ayude. Si hay mucho levante, el capitán no se la juega y se vuelve. No es la pri-mera vez que el ferry choca contra el rompeolas o el espi-gón. Pero si se va son dos días perdidos. Antes, cuando ha-bía urgencias, a algunos los desembarcaban en lanchas. Pe-ro ahora se supone que para las prisas ya han cogido el avión. Si es que el Fokker logra entrar, claro. Como pille viento de ladera, tampoco. Y la isla se queda incomunica-da.
Tal como lo relataba aquel hombre, El Hierro no pa-recía un lugar fácil. Pero sin embargo hablaba con sosiego, sin alterarse. Al fin me ofreció su mano, una mano grande, encallecida y cálida.
-Soy Hilario, para lo que guste.
-Yo soy Tomás. Encantado.
Llegó una brisa salobre y aspiré hondo. Pese a que había dormido mal, me sentía animoso. Tenía treinta y un años, y el juzgado y la isla se me presentaban aún como una buena experiencia vital. Me había documentado algo. Decían los libros que El Hierro era una isla también joven, volcánica, todavía a medio hacer. Que un sismo había des-plomado en tiempos remotos la parte norte de la isla, toda la zona del valle, formando un tsunami que llegó hasta las mismas costas de América. Y que cualquier día un volcán escupiría por alguna de las bocas abiertas o por alguna otra parte, y podría tragarse pueblos enteros y formar otros. Contaban también su paisaje agreste, sus terribles desnive-les. Y la historia humana, desde los bimbaches nativos a la conquista; la paulatina formación de sus núcleos, la llegada reciente del agua corriente y la electricidad; las carreteras escasas; su pobreza, el éxodo de sus gentes. El Hierro, en fin, tenía la atracción de lo remoto.
 Pero a decir verdad, lo que me preocupaba en esa mañana de domingo no era ningún afán de aventura sino algo más prosaico: localizar al agente judicial entre las po-cas cabezas que veía en el dique. ¿Se habría despistado? Ya habían pasado los tiempos en que a los jueces se les recibía con pompa y circunstancia. Sin embargo, al poco vi un hombre que llevaba el jersey rojo que me había anticipado por teléfono como señal. Debía ser él. Y me dirigí decidido a tierra por la escalera del ferry con la bolsa al hombro.
-¿Esteban?
- Buen día, señor juez. 
El hombre del cachorro, que bajaba delante de mí, se volvió para mirarme con curiosidad.
-Ah, ¿es usted el nuevo juez?- dijo-. Pues ya nos ha-cía falta. Tadeo que se dedique a sus muertos.
No entendí la alusión, pero Esteban me explicaría luego que Tadeo era el funerario de Valverde, y que ejercía también como mi sustituto.
El funcionario se empeñó en tomar la mochila. Era serio pero obsequioso. Tenía un acento cantarín y algo sil-bante que luego me di cuenta de que era el propio de la is-la. 
Vi alejarse al señor del sombrero hacia un Land-Rover tras abrazarse a su hijo. Me fijé en que casi to-dos los coches del muelle eran de ese estilo, furgonetas o jeeps, incluso el de la guardia civil, que estaba aparcado junto al barco, y en cuyo interior estaban sentados dos guardias indolentes. Esteban se dio cuenta de que miraba hacia ellos.
-¿Quiere que le presente a los civiles, señoría?
-No les moleste. Ya habrá tiempo, supongo.
-Por supuesto. Tiempo es lo que no falta en esta isla. Y a los guardias también se los encontrará en todas partes.
-¿Y todos los coches son aquí así, tipo Land-Rover?
Le sorprendió la pregunta.
-Sí, muchos, también el mío- dijo el funcionario sin alterar su rostro-. Aquí no se puede correr, y hay muchas cuestas y caminos de tierra.
-Pues yo tengo un utilitario.
El funcionario solo hizo un gesto de asentimiento. En ese momento me fijé en que estaban bajando la rampa del ferry.
-Esteban, espere un momento, vuelvo al barco a sa-car el coche.
-Le espero, señoría- era el agente judicial un hombre circunspecto, que parecía hecho a asumir la realidad sin más. Tampoco se inmutó al ver el color rojo de mi coche, ni rio la gracia cuando lo comparé con su jersey. Me señaló su jeep sin más y condujo delante de mí guiándome hasta la capital. Subimos seiscientos metros en muy poco tiempo. Había que exigir al motor. «Vamos, Johnny», dije. Yo tenía la costumbre de bautizar a mis coches, y de hablarles en la soledad.
A los pocos minutos el mar quedaba ya muy abajo, y la carretera trazaba sinuosidades por laderas y barrancos de vegetación rala, pero era ancha y estaba bien asfaltada. Valverde se alzó poco después ante mi vista, tras doblar una última curva de herradura. Lo que contemplaba no era espectacular, un pequeño caserío de construcciones pe-queñas, salpicadas en varios niveles y colores sin mucho orden. Pero lo más sorprendente es que súbitamente, justo al entrar en la capital, el sol desapareció en una espesa nie-bla que apenas dejaba ver las calles, y un viento recio za-randeaba el coche. Esteban encendió las luces del auto, yo hice lo mismo. La ruta no duró mucho más: el funcionario frenó apenas se había adentrado en el casco urbano y me hizo una seña para que aparcara tras él. Se acercó.
-El centro de Valverde, señoría. Vamos, si quiere.
Hacía frío.
-Este es el clima habitual aquí, por los alisios. El sur en cambio tiene siempre sol. Pero en la villa a veces despeja de un rato para otro. 
Se asomó al borde de la calle, señalando a una plaza que había más abajo.
-Mire, allí está su casa.
Era un edificio de una sola planta, con techos a dos aguas, casi colgado de un barranco. En la propia plaza, a izquierda de la casa había una iglesia y a su derecha otro edificio más grande, con banderas en la puerta.
-Eso es el ayuntamiento- dijo el funcionario-, y den-tro también está el juzgado, no teníamos local propio y nos han cedido dependencias. Podemos llegar hasta la casa por las escaleras, pero para acercar el coche hay que dar un rodeo por un camino de tierra. 
-Pues mejor hacerlo ya, porque tengo todo el equi-paje en el coche.
-Lo que usted disponga, señoría.
Esteban se montó sin más palabras en mi utilitario y me indicó el camino. Al llegar me entregó las llaves de la casa. Soplaba un viento gélido en el barranco que nos re-movía el pelo. De una cartera que llevaba a bandolera ex-trajo Esteban un sobre oficial grande, de color sepia.
-Es para usted, señoría. De parte de doña Isabel, la secretaria. Me encargó que la disculpara por no haberle re-cibido en el muelle.
-No tiene importancia, ya me dijo por teléfono que no podía.
-Me ha dicho doña Isabel que según el propietario en la casa está todo preparado- el funcionario mantenía el tono a la vez parco y respetuoso de la llegada- Estará usted cansado. ¿Desea que me quede, o que vuelva más tarde para alguna gestión, o enseñarle Valverde?
-Descuide, ya le he ocupado bastante y encima en un día de fiesta. Luego daré una vuelta por mi cuenta por el pueblo. Mañana a las nueve estaré en el Juzgado. Ya veo que tampoco voy a tener que caminar mucho- dije con iro-nía, pero Esteban no cambió de expresión. Hizo una leve inclinación de cabeza y se fue.
Luchando aún contra el viento entré en la casa con la esperanza de que fuera el iglú que me protegería del in-vierno, pero lo que sentí más bien es que me había metido de cabeza en una nevera. La vivienda era grande pero desangelada, casi desnuda de muebles y cortinas, con ape-nas unos estores en las ventanas. Fui al coche y me enfun-dé directamente el abrigo. El casero había dejado al menos una pequeña estufa eléctrica y no tardé en encenderla, pe-ro allí hubiera hecho falta mucho más, una buena chime-nea de leña. Metí dentro el resto del equipaje, y lo apilé en la entrada. Luego me senté en el austero sofá plastificado que había en el centro del salón y tomé de nuevo el sobre que me había dado Esteban, en el que habían escrito por fuera «Sr. Juez D. Tomás» , con bonita caligrafía. Con la misma letra había dentro una nota de la secretaria y varios sobres. Decía Isabel que aunque no parecían comunicacio-nes urgentes, eran correos personales y había preferido ha-cérmelos llegar ya. Volvía a excusarse por no haber ido al puerto. Ya me había contado por teléfono que tenía una excursión de senderismo ese fin de semana en el balneario de Frontera, al otro lado de la isla. Yo realmente había ade-lantado mi viaje a última hora, y no consentí en absoluto que cambiara sus planes.
Abrí las cartas. Ciertamente, no solo no eran urgentes, sino que tampoco tenían mucho interés. Una era un «saluda» del casino de Valverde, en que el presidente me daba la bienvenida y adjuntaba un pase de libre acceso a sus instalaciones. Otra era un correo oficial con mi nom-bramiento judicial. La tercera una invitación a una fiesta que organizaba un tal Juan Capilla, que se presentaba co-mo «magistrado-juez jubilado». Bueno, aunque no había empezado aún a trabajar parece que ya me estaban orga-nizando el ocio.
Me tumbé en la cama, y me eché las dos mantas que encontré en el armario encima, aunque estaban húmedas. Insensiblemente me quedé dormido. Cuando abrí los ojos era ya mediodía. El frío seguía siendo intenso y aun mugía el viento en las ventanas, pero cuando me asomé vi que no quedaba rastro de la niebla y lucía un sol radiante. Olía bien, a aire de campo. Me eché a la calle sin pensarlo. Se estaba mucho mejor fuera que dentro de la casa. Eché a andar por las calles como un turista despistado con un mapa de Valverde en las manos, creyendo que no me co-nocería nadie, pero la mayor parte de la gente me saludaba al paso, o al menos se me quedaban mirando.
El paseo no fue largo. En el plano solo apa-recían tres calles principales, y es que no había más. La ca-lle central trazaba una curva de ballesta y tomaras un sen-tido u otro, el casco terminaba unos centenares de metros más allá. Hacia la izquierda empezaba el descampado y se iniciaba la carretera hacia la montaña; hacia la derecha pa-saba lo mismo, por otro ramal. En la calle más alta de la vi-lla me encontré dos edificios con banderas ondeando y le-treros oficiales: «Delegación insular de gobierno», «Admi-nistración de Hacienda». Enmedio de ambos había solo un solar vallado; dentro solo había una cementera, dos sacos de cemento, una pala, y un volquete. Ante mi sorpresa, el cartel de la constructora decía «Nuevo edificio de los Juz-gados». Ni me había enterado de ese proyecto. Aunque por las apariencias, aquello iba para largo. Regresé por mis pa-sos y me metí en el único bar que encontré abierto. «Los Reyes». Pedí una ración de queso y una cuarta de vino de la casa. El vino era blanco, fresco, y tenía un sabor fuerte. También allí me miraban. Compré dos botellas de agua y volví a casa. 
Por la tarde no sabía qué hacer, y decidí probar a dar una vuelta con el coche al tun tun, montaña arriba. Pero sólo vi una sucesión de campos, cabras cence-rreantes, vacas sueltas pastando -que también me miraban-, depósitos de agua. La carretera se adentraba luego en un bosque espeso, y allí decidí parar y regresar. Pasé la tarde leyendo, pero luego me apretó el hambre, y me di cuenta de que no había comprado nada de comida. Tampoco en-contré ya ningún sitio abierto. Valverde parecía a las seis de la tarde un pueblo fantasma. No quedaba otra que re-gresar a casa, encender la tele, y combatir el frío. 
No había sido una llegada muy lucida ni es-timulante. Pero nunca se sabe."
 



domingo, 21 de julio de 2024

Diario del joven y de solitario. De paradores y recuerdos. texto 23


 

DIARIO DEL JOVEN Y EL SOLITARIO.

DE PARADORES Y RECUERDOS. 23.

Ricardo Moyano julio 2024

El solitario me cita lejos esta vez, en el parador de turismo de Tejeda. Ha ido antes con un amigo hasta el pueblo, donde ha comprado miel y almendras y ha probado licor de la cumbre. El amigo le ha dejado ubicado en un cómodo sofá floreado de la cafetería del parador, y apenas se cruza conmigo se despide. Lleva prisa, y dice que nos veremos en la fiesta, que no se a cuál se refiere.

-La que he organizado en mi casa el sábado próximo, joven. Está usted invitado. No puede rechazar, porque es la de mi despedida. 

Alzo las cejas.

-Marcho a Madrid para unas pruebas médicas, y luego estaré un tiempo con mis sobrinos en el norte.

-¿Y no piensa regresar?- me alarmo. Se encoge de hombros.

-Según como vayan las cosas. Si regreso se lo haré saber por carta.

-¿Por carta?

-Por carta. Si vuelvo, ¿qué urgencia hay? Y si no, supongo que ya sabrá por otras fuentes.

-¿Cómo que ya sabré? ¿El qué? Me está asustando, solitario.

-Bueno, que ya sabrá de mí, quiero decir-amaga una media sonrisa indecisa que no me tranquiliza. Pero él me invita simplemente a sentarme, y entonces me fijo en él. Está muy elegante. Lleva puesta una coqueta boina – la verdad es que hace algo de frío- y un chaleco de tela. También luce ajustada corbata de seda de nudo estrecho sobre la camisa negra.

-Parece que espere usted a alguna dama, solitario -digo risueño para aligerar la conversación.

-No es el caso, pero a mi novia, que ya podemos llamarla así, la verá usted en el ágape. Hoy me he vestido para mí, que es lo que básicamente hacemos siempre, intentar vernos bien. Solemos desnudarnos para otros -hace una mueca-, y vestirnos para nosotros mismos.

-También nos desnudamos para nosotros, a veces- le corrijo, jocoso-. Aquí por ejemplo en este parador hay un buen “spa”. Igual podríamos aprovechar.

-¿Está usted loco? Tome usted las aguas, si lo desea. Yo solo me baño en agosto. Y de los balnearios, cuando iba, salía siempre resfriado. Pero puedo esperarle tomando un te y contemplando el paisaje, no tenga apuro.

-No he venido aquí para dejarle solo, solitario. Lo que me extraña es que hayamos quedado tan lejos, la verdad. Anda que no hay bares en la ciudad.

Otra vez se encoge de hombros, sin responder. Hace una seña al camarero. Es media tarde, y el solitario confirma su te, con limón. Yo pido un café con leche. Pide, y traerán, mantecados  de la tierra, también. Probamos las bebidas y las pastas exquisitas, y al fin mi contertulio se arranca.

-Pues si le he hecho venir hasta aquí, y comprometerle a que además podría usted llevarme  de vuelta a casa con usted, es por un antojo de viejo, porque la mente me estaba revolando estos días a cuarenta años atrás, a otro parador, el de El Hierro. ¿Lo conoce usted? No. Pues vale la pena. Ese está en cambio de este a orillas del mar. La maravillosa pluralidad de Canarias, eslóganes turisticos, y tal. Pero no tema, no he venido a hacerle una velada  de puestas de sol, pinadas, y fotografías al Roque Nublo. En realidad es todo lo contrario. Vengo de paisaje humano. Quería preguntarle si ha conocido alguna vez a algún famoso, y hablar de lo mio.

-Le responderé. Pero ¿y eso que tiene con los paradores? Ah, ya entiendo. Conoció usted a alguien ahí.

-Es usted inteligente -ríe-, por eso aprobó la oposición a la primera. Aunque nunca se consigue la excelencia, por eso dudo que se imagine a quien conocí.

-¿Una duquesa, un banquero, un político?- digo con algo de coña.  

-No vayamos tan deprisa. Yo disparé primero y no ha respondido mi pregunta. Cuénteme de alguien importante que usted haya tratado alguna vez. Aunque le llevo cuarenta años, seguro que ya ha tenido ocasión.

-Pues la verdad es que no. Una vez saludé al ministro del ramo, pero no creo que eso pueda considerarse tratarle.

-¿Y artistas?

-Hum… -reflexiono- todos de lejos. Bueno, hice amistad con un poeta que tenía algún premio. Pero no es que fueran muy importantes. Recuerdo uno de los que hablaba con entusiasmo, los juegos florales de Bollullos Par del Condado. No es el Planeta, precisamente.

-Pues no se burle. Bollullos es un pueblo histórico, de bonitas playas, y seguro que sus poemas también lo eran.

-No recuerdo ninguno.

Me mira con decepción.

-¿Recuerda al menos si componía verso libre, su amigo?

-Libre y rimado. Sonetos, incluso.

-Pues eso ya es un nivel alto.

Me incomoda la morosidad del solitario, y le pregunto ya directamente por ese personaje que se le apareció en un parador.

-¡No me tenga en ascuas, solitario!.

-Valeeee. Discúlpeme. Es que siempre queremos saber más de los demás. A nosotros ya nos tenemos muy vistos. Pero es verdad que he venido aquí para hablar de eso, lo admito, y le he hecho subir dos mil metros... En realidad no conocí uno, sino dos, y bien dispares. Uno el viejo profesor, Enrique Tierno Galván, que fuera afamado alcalde de Madrid. Y el otro el cantautor Joaquín Sabina.

Me quedo estupefacto.

-¿Tierno Galván? ¿Y Sabina? ¿En el parador de El Hierro? No me lo creo. Usted ha venido a tomarme el pelo.

El solitario frunce el ceño, está a punto de salirle su vena cascarrabias.

-Yo no vengo a Tejeda a perder el tiempo. Me crea o no, a los dos me los presentó el director del parador, con quien yo jugaba a menudo al ajedrez los años en que fui juez en la isla, como usted ya sabe. A Tierno le trajo un profesor de derecho que me conocia, para una conferencia. Me llamó y quedamos a almorzar. Recuerdo que  Tierno tendía a usar palabras esdrújulas, lo que no es muy frecuente en español, fuera de ejercicios de estilo como la canción Angélica, ya sabe: el compositor argentino cierra todos los cuartetos con esdrújulas, Córdoba, lástima, álamos, relámpago… Una tonada preciosa, por cierto. ¿La conoce?- asiento con la cabeza- Pues  ya que se ha fijado en mi aspecto, Tierno iba siempre de perfecto terno gris, incluso en el tórrido verano. Amaba el cordero en su jugo, que no tenían ese dia en el parador y el anís Machaquito, que es de un pueblo de Córdoba, y tampoco. Se tomó un chinchón. La Córdoba a la que Tierno se referia era la española, no el pueblecito argentino de la canción. 

-Ya imagino... no supongo a Tierno hablando de Argentina.

-Se sorprenderia usted de lo que hablaba, pero ciertamente no fue de eso. Aunque el viejo profesor  me dijo por cierto que los canarios éramos muy conciliadores, y que en península deberían imbuirse un poco de ese espíritu. Pero que el clima influía mucho en los ánimos. Siempre le admiré, a Tierno. Un marxista de los de antes, austero y auténtico.Por desgracia murió poco después.

Se queda un  momento en suspenso, el solitario,  y aprovecho para meter baza.

-¿Y Sabina? ¿O reconoce que éste sí se lo ha inventado?

-En absoluto. Se había refugiado en el parador para componer un disco más romántico de lo que en él era habitual, que fue “Hotel, dulce hotel”. No quería que se le molestara, así que sólo me lo presentaron y compartimos una cerveza. No era muy hablador. Los humoristas suelen gastar casi toda su alegría en el escenario, y los cantantes casi todas sus palabras. Me preguntó por la delincuencia en la isla, yo por sus temas de inspiración, no mucho más fue la conversa, y me invitó, eso sí, a un pequeño concierto que iba a dar en el propio hotel antes de marcharse. Pero se armó demasiado revuelo en la isla, y el director del parador lo canceló, porque no podía hacerse responsable. Le pude ver también, ahora de lejos, días después, en un pub de la capital de la isla, La Lonja se llamaba, con unas muchachas que eran camareras del parador, yo las conocía.

-Genio y figura, don Joaquín. ¿Se acercó usted?

-No, qué va, estaban a lo suyo, y yo iba con mis propios amigos.

-Seguro que pusieron algún tema  de Sabina en el pub.

-No, el encargado me dijo que precisamente Sabina había dicho que no quería escuchar nada suyo. Supongo que no le haría gracia oírse en los altavoces. Sí recuerdo que pincharon algo de Serrat, y mucha música extranjera.

-¿Hubo “tema” con las camareras?

El solitario resopla.

-Una se llamaba Angélica. Tal vez lo habrá imaginado. Me sirvió muchas veces en el parador. Era la guapa oficial.

-Vaya, vaya…

-Bueno -carraspea- no me sea granuja; estábamos con Sabina. Ya sabe, vivía en el Madrid de todos los vicios, y él mismo dijo que hasta los cincuenta años le duró aquello de “sexo, drogas, rock and roll”, que yo pondría en términos superlativos. El entonces tenía mucho menos de esa edad. Ahí lo dejo. Aunque el director me negó que aquellos encuentros llegaran más allá de una copa. Pero, ¿qué sabe un director de hotel de lo que se cuece en sus habitaciones? ¿Qué sabe del sudor de las sábanas calientes?

-Habla usted con mucho entusiasmo para referirse a experiencias ajenas…

El Solitario suspira, hace oídos sordos, y tararea: “Entre la cirrosis y la sobredosis andas siempre muñeca/ con tu sucia camisa, y en lugar de sonrisa una especie de mueca…”.

Bebe un sorbo de té, y se retrepa en el sofá.

-Ay, aún recuerdo aquellos días ochenteros. La vida, joven, realmente es un como un álbum de cromos, que vamos coleccionando poco a poco. No hay muchos. Nuestra existencia, la de cada uno, se puede resumir en treinta o cuarenta escenas, sensaciones, flashes… No muchos más.

Se espesa el silencio, y la mente del solitario se va lejos. Prefiero dejar que sea él quien retome el hilo. Al cabo de un minuto, vuelto ya el buen humor al semblante, me pregunta de nuevo por el poeta de Bollullos.

-La poesía es maravillosa, la quintaesencia del alma- exclama.

Se pone en pié y se lanza a declamar de improviso versos de Antonio Machado y de Cernuda. Se acompaña con la mano en el aire, como blandiendo una espada invisible.

Si el hombre pudiera decir lo que ama,

Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo

Como una nube en la luz…”.

De pronto nos sorprende escuchar unos aplausos detrás. ¡Bravo!. Son un grupo de mujeres que están celebrando algo y nos miran. El solitario se quita la boina y hace un leve gesto de reverencia y agradecimiento. Algunas parecen extranjeras. Una de las mujeres hace un guiño al solitario, y él se les acerca. Al poco estamos todos charlando y entrechocando copas de champán.

Cae la noche. Bajamos hacia la ciudad callados, mientras el coche se ciñe a las cerradas curvas del camino. Avanzada la ruta pregunto al solitario por esas pruebas de las que no ha querido hablar mucho. Pero cambia de tema. Dice solamente, cuando insisto, en que que llega una edad en que el infinito cabe en cada instante.

-Y si no cabe, se le hace sitio- dice dando un bastonazo en el asiento.

Cuando desciende con pasos lentos se niega a que le acompañe hasta su casa.

-Me basto solo -dice con dignidad; luego considera que ha estado brusco y me sonrié- Lo he pasado bien, joven. ¿Quiere un tarro del miel? ¿No? Pues es muy salutífera. ¿Vendrá usted entonces a mi fiesta?

-Por supuesto. Y hablando de eso, ¿qué llevo? ¿Bebidas, postre?

-Sólo su presencia y su persona.

-¿No son lo mismo?

-En absoluto. A menudo estamos presentes en un sitio, pero nosotros estamos volando en otra parte. Que eso no suceda. Si se aburre, coge puerta y se va, puede incluso marcharse a la francesa.

-No soy tan grosero.

-Pues yo lo he hecho muchas veces. Como se dice ahora en su generación, hago bombas de humo.

Y de algún modo lo hace esa noche, porque se marcha sin más. Pero no se por qué me parece que está reprimiendo una emoción, y le oigo, ya de espaldas,  ejecutar unos pasos de baile y canturrear. “Angélica, cuando te nombro…”.