jueves, 22 de octubre de 2015

Diario del Solitario 3

Diario del solitario 3. Puentepalo.



El solitario me cuenta que inició sus primeros balbuceos literarios en la escuela. Se iba el cura de religión y entraba, muy distinto, el joven profesor de literatura: les motivaba a crear, a sentir, a aprender de otros sin copiarles. Había brillo en su mirada. De vez en cuando hacían redacciones. Una vez hubo un concurso intercolegial que financiaba la Coca Cola, y se seleccionaba una sola redacción por clase: la mejor. El solitario compuso para ella, una mañana de lluvia, un texto melancólico sobre el inminente derribo del palacete y el Puente de piedra o "Puentepalo" que unía saltando entre las  aguas del barranco del Guiniguada los barrios de Vegueta y de Triana. Un puente del s. XIX, tradicional y hermoso, aunque en realidad de palo, o de madera, sólo tenía el recuerdo de sus viejos pilastres, y tampoco a esas alturas el barranco bajaba crecido, ya. No importa: los niños que escriben hacen de un poco mucho, y el solitario le echó esa mañana fantasía y nostalgia.



Unos días después el profesor llegó al aula con gesto grave. Traía dos redacciones en las manos. Y habló delante de todos, con energía y determinación.

-He de decir que el  director ha impuesto la selección de una mediocre redacción de un chico de esta clase, cuyo padre es su amigo, y al parecer contribuyente de este colegio. Mi voto ha sido en contra, ya que la redacción del solitario sobre el Puentepalo es muy superior, infinitamente superior. Y como mi voto ha sido ese, es esa la que voy a leer en público para todos ustedes.

El solitario enrojeció de humillación, no tanto por el hecho de que se leyera su modesto escritillo a viva voz, que también, sino sobre todo porque el otro niño estaba sentado allí cerca, y el pobre no tenía culpa de los manejos de su padre y del cura.

Cuando acabó la clase el profesor y el solitario no hablaron. Nunca lo hacían. Pero el solitario meneó la cabeza, pesaroso, y el profesor alzó las cejas, justificándose. También el profesor era un solitario, que se jugaba con ese arranque su puesto de trabajo. No hablaron. Pero al devolver la redacción a su autor, el profesor le puso en el margen solo dos palabras, entre exclamaciones: "¡Excelente! ¡Adelante".




Dos palabras que sostienen la vocación de una vida.



El solitario quiere creer -pero no lo sabe-, que el viejo profesor aún vive, que aún le visitan  alumnos, que es razonablemente feliz -porque sólo se puede ser absolutamente feliz en la sinrazón de un instante-. Que recrea en su ático de leyenda donde anidan palomas y cigueñas y se apilan libros sepias de sapiencia arcana, sus propios textos sobre puentes derribados, sueños cancelados, bares de tertulia..., y barrancos por donde, ¡eureka!, ha vuelto a correr de nuevo el agua de lluvia que de las cumbres baja brotando; cantarina, indómita y eterna.

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